Tuesday, February 13, 2007

Hayley

Conseguía brillar hasta en aquella sala de ojos caídos y cruces en las retinas. No resultaba difícil transportarla, más sonriente, a una clase de quinceañeros. Con su lazo en el pelo, el maquillaje innecesario, cuchicheando con sus súbditas y el chico guapo de cuarto curso guiñándole un ojo por la ventana.

Después todo pasa rápido y más bien sin querer. Un mes más tarde llegan los nervios, la prueba, la cruz que se queda grabada en la retina, la certeza aplastante del horror que se avecina, la psicóloga contratada de la seguridad social que le aconseja que se lo cuente a su madre, los insultos –puta, inconsciente-, las lágrimas contenidas. Un curso acelerado de dolor gratuito.

La enfermera la llama y todo en ella tiembla. La madre pemanece inmóvil, como intentando excavar un hueco en la pared de enfrente con la mente. Toda la sala la mira suplicante unos instantes. Hayley se rinde, se sacude los restos de niñez del chándal negro y se lleva su brillo, sola, a la sala de ecografías.

1 comment:

la señora de las especias said...

Has tardado en volver pero me has agitado de pies a cabeza.
Que tal va todo?