Wednesday, September 24, 2008

Viejo


Tal vez lleve algún tiempo preparándome para tu muerte.

Tal vez, porque ése era el sentimiento más desgarrador que me imaginaba sintiendo a tu lado.

Sin embargo, nunca me había preparado para ver tu silueta sentada en el sofá, repitiendo los mismos crucigramas, murmurando por lo bajo las mismas quejas, esposado por las mismas manías. Jamás concebí presenciar a mi héroe, tan lúcido, tan brusco, tan violento, tan inteligente, tan seductor… convertido en anciano, recluido en sus límites de visión, rendido al autosabotaje de su felicidad.

El cerebro se ha secado y ya no absorbe palabras, ni hechos, ni experiencias.
Ya no eres, a veces, más que un reloj.

La vida es una hilera de absurdos pasatiempos que te ayudan a sobrellevar los días solo, entretenido con actividades cada vez más sencillas, cada vez más precisas, cada vez más iguales. No existe en tus ojos más ilusión que la de los recuerdos. Y ni siquiera éstos son ciertos, los malos se han disipado y sólo quedan aquellos de los que ríes, de cuando tenías 3 años. Como cuando te comiste las cortinas de tu madre y te dio con el palo de la escoba o tu abuelo te llevaba por Madrid contándote historias de la guerra de Cuba.

Me devora la frustración.

Quiero verte feliz, quiero que vivas cada momento sabiéndote amado. Sabiéndote admirado. Con tus defectos, tus manías y tus lentitudes.
Pero te empeñas en no ver más allá de tu rutina.

De tu rutina palpable.

Tus inexplicables, impredecibles, insultantes mecanismos de defensa contra el dolor me han convertido en alguien ajeno. Sólo soy una extranjera del pasado que te echa sal en las heridas cada vez que aparece y te recuerda que tu vida podría ser mucho mejor:
PODRÍA SER A MI LADO.


Pero a ti no te valen más presencias que las de los cinco sentidos.

Y yo me muero de pena. Me muero de asco. No estaba preparada para esto.

Sólo tengo un boli negro para pintar y tú eres una pizarra de agua.

Intentemos volver


Vista desde mi hotel en Copacabana, Rio de Janeiro


No hay excusas. Digamos que me he tomado una temporada en la que lo único que me he dedicado a hacer es “absorber”. Temporada compresa. Bueno, y trabajar como una gilipollas, pero entre vuelo y vuelo me he zampado unos cuantos libros de los que me quería leer antes de morir.

Durante mi ausencia he viajado por Sudamérica de nuevo, por Europa y he pasado un tiempo también en Estambul, que sigue siendo, para mí, el lugar más encantador del mundo. Todo por trabajo, por desgracia, pero aunque el cuadro fuese agotador y capitalista y agresivo y testosterónico... el marco era hermoso.


Vista desde mi hotel en Buenos Aires


Vista desde mi hotel en Estambul


También he estado reseca, sin ideas, sin ganas, sin sed, sin nada. No me apetecía escribir, ni bailar, ni pintar. Estrés y cansancio.

Ahora que tenemos la mudanza ya en la retina (por fin nos vamos a Grecia en un par de meses), se me vuelven a despertar los dedos de los pies y de las manos.

Así que espero volver pronto por este rincón, lo he echado de menos.

Mientras tanto, besos a todos.